martes, 19 de abril de 2011

19-04-2011 El Comienzo

Alguna vez intenté pasar una  noche sin comer un bocado de comida estando durante toda ese tiempo a la intemperie sentado en la banca de un parque. Recuerdo que llegué hacia las 8  de la noche a aquel sitio, me senté y empecé a leer un libro que llevaba en esa ocasión. Era sábado y el bullicio de la zona era evidente, la gente en grupos atravesaban el parque buscando los bares que por allí había, o en otros casos algunos de los restaurante que aún permanecían abiertos.  En las bancas contiguas se contaban con los dedos de una mano las parejas de enamorados o algunos solitarios que poco a poco iban abandonando sus puestos derrotados por el frío. Yo solo leía y de vez en cuando miraba, pero al cabo de media hora, el frío tan horrible que hacía no me dejaba concentrar, así que dejé caer el libro en la maleta y saqué algunos cigarrillos que llevaba. A las 10 ya no tenía ninguno y el ruido de la calle mermaba de a poco, y las bancas del parque ya no estaban ocupadas, a veces pasaba  un vagabundo arrastrando su costal sin destino preciso, o eso creía al ver los pasos tan dubitativos que daban.
A las 12 de la noche estaba congelado, el dolor en la espalda crecía de manera exponencial, el temblor de mis manos y de mis pierna era muy visible e inevitable,  ya no quería estar allí, el estómago empezaba a protestar gruñendo ruidosamente y la nariz quemada por el viento frío no cesaba de botar liquido. El tiempo pasaba muy lento y aún quedaban muchas horas antes de que despuntara el día.
A las 2 a.m. me levanté y me fui, lo último que vi antes de coger un bus que todavía pasaba a esa hora fue un vagabundo acomodándose en una banca mientras se cubría con cartones y plásticos sucios que seguramente le ayudarían a protegerse en algo de una lluvia tenue que empezaba a caer. Me sentí contrariado al ver como aquel hombre se envolvía en esos trapos pues no tenía más opción y yo dejaba mi experimento y huía cobardemente de la realidad que él empezaba a sentir esa madrugada. Luego de eso no los volví a ver con la indiferencia y miedo con la que casi todos estamos acostumbrados a tratarlos, todo lo contrario, una creciente preocupación, quizá evidenciada por haber estado esa parte de la noche allí,  empezaba a brotar de mi,  cada uno de ellos que veía en esa continua y terrible realidad solitaria, era un grano de arena que sumaba a esa incertidumbre de saber que algunos realmente no tienen nada, y que muchas veces lo único que les espera en la noche es frío, hambre y dolor.
Luego de años y con la conciencia plena que no solo basta con la crítica a los gobiernos de turno y con las observaciones y planes que tenemos y que nunca ejecutamos, tres personas decidimos realizar una minúscula obra para  calmar un poco el hambre durante una noche de la semana a aquellos que realmente nada tienen, sino solo sus sufrimientos y su vida, que buena o mala,   tienen y cargan en un costal.
Es muy poco lo que damos, realmente podría decirse que despreciable a los ojos de los que mercamos, tenemos un techo, comodidades, ropa limpia y seca, luz, agua.  Pero cuando las manos agrietadas y corroídas de esos seres toman una de las tasas de chocolate que les ofrecemos con total cariño y sin mostrar una pizca de miedo,  esa nada, ese nimiedad, se puede convertir en un todo, un absoluto, una salvación.  Obviamente que no es razón para quedarnos en solo eso,  pero paso a paso se va, se construye terreno sólido que algún día esperamos poder complementarlo con acceso a los libros, a las letras, a la socialización, a una vida que a muchos les fue negada, sea porque crecieron en familias derruidas o porque  dada su debilidad se dejaron corromper por la droga y el vicio. No es tiempo de juzgar sino de apoyar, educar y de brindar un poco de lo que a nosotros se nos da a diario. Ese es el verdadero socialismo.

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